Ayer me levanté temprano y fui hasta el centro. Como estaba cerca de la oficina en la que trabajaba antes de irme a vivir a Francia, decidí pasar y saludar a mis antiguos colegas.
Cuando llegué a la puerta del edificio, el portero respondió cordialmente a mi “buen día” y, ni lerdo ni perezoso, agregó: “Subí tranquila, no te apures que el jefe todavía no vino…”.
Al escucharlo, no fue poca mi sorpresa; y un poco mayor fue la de él, cuando le recordé que, yo, hacía casi diez años que no trabajaba en esa empresa…